Selección de ÜBER MANSILLA*
LA
MANCHA DE HUMEDAD
Juana
de Ibarbourou
(Uruguay, 1892-1979)
Hace
algunos años, en los pueblos del interior del país no se conocía
el empapelado de las paredes. Era este un lujo reservado apenas para
alguna casa importante, como el despacho del Jefe de Policía o la
sala de alguna vieja y rica dama de campanillas. No existía el
empapelado, pero sí la humedad sobre los muros pintados a la cal.
Para descubrir cosas y soñar con ellas, da lo mismo. Frente a mi
vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a
cuchillo en el remate del respaldo, las lluvias fueron filtrando,
para mi regalo, una gran mancha de diversos tonos amarillentos,
rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y
los paisajes del papel más abigarrado. En esa mancha yo tuve todo
cuanto quise: descubrí las Islas de Coral, encontré el perfil de
Barba Azul y el rostro anguloso de Abraham Lincoln, libertador de
esclavos, que reverenciaba mi abuelo; tuve el collar de lágrimas de
Arminda, el caballo de Blanca Flor y la gallina que pone los huevos
de oro; vi el tricornio de Napoleón, la cabra que amamantó a
Desdichado de Brabante y montañas echando humo de las pipas de
cristal que fuman sus gigantes o sus enanos. Todo lo que oía o
adivinaba, cobraba vida en mi mancha de humedad y me daba su tumulto
o sus líneas. Cuando mi madre venía a despertarme todas las mañanas
generalmente ya me encontraba con los ojos abiertos, haciendo mis
descubrimientos maravillosos. Yo le decía con las pupilas
brillantes, tomándole las manos:
-Mamita, mira aquel gran río que
baja por la pared. ¡Cuántos árboles en sus orillas! Tal vez sea el
Amazonas. Escucha, mamita, cómo chillan los monos y cómo gritan los
guacamayos.
Ella
me miraba espantada:
-¿Pero es que estás dormida con
los ojos abiertos, mi tesoro? Oh, Dios mio, esta criatura no tiene
bien su cabeza, Juan Luis.
Pero
mi padre movía la suya entre dubitativo y sonriente, y contestaba
posando sobre mi corona de trenzas su ancha mano protectora:
-No
te preocupes, Isabel. Tiene mucha imaginación, eso es todo.
Y
yo seguía viendo en la pared manchada por la humedad del invierno,
cuanto apetecía mi imaginación: duendes y rosas, ríos y negros,
mundos y cielos. Una tarde, sin embargo, me encontré dentro de mi
cuarto a Yango, el pintor. Tenía un gran balde lleno de cal y un
pincel grueso como un puño de hombre, que introducía en el balde y
pasaba luego concienzudamente por la pared dejándola inmaculada. Fue
esto en los primeros días de mi iniciación escolar. Regresaba del
colegio, con mi cartera de charol llena de migajas de biscochos y
lápices despuntados. De pie en el umbral del cuarto, contemplé un
instante, atónita, casi sin respirar, la obra de Yango que para mí
tenía toda la magnitud de un desastre. Mi mancha de humedad había
desaparecido, y con ella mi universo. Ya no tendría más ríos ni
selvas. Inflexible como la fatalidad, Yango me había desposeído de
mi mundo. Algo, una sorda rebelión, empezó a fermentar en mi pecho
como burbuja que, creciendo, iba a ahogarme. Fue de incubación
rápida cual las tormentas del trópico. Tirando al suelo mi cartera
de escolar, me abalancé frenética hasta donde me alcanzaban los
brazos, con los puños cerrados. Yango abrió una bocaza redonda como
una “O” de gigantes, se quedó unos minutos enarbolando en el
vacío su pincel que chorreaba líquida cal y pudo preguntar por fin
lleno de asombro:
-¿Qué le pasa a la niña? ¿Le
duele un diente, tal vez?
Y
yo, ciega y desesperada, gritaba como un rey que ha perdido sus
estados:
-¡Ladrón! Eres un ladrón, Yango.
No te lo perdonaré nunca. Ni a papá, ni a mamá que te lo mandaron.
¿Qué voy a hacer ahora cuando me despierte temprano o cuando tía
Fernanda me obligue a dormir la siesta? Bruto, odioso, me has robado
mis países llenos de gente y de animales. ¡Te odio, te odio; los
odio a todos!
El buen hombre no podía comprender
aquel chaparrón de llanto y palabras irritadas. Yo me tiré de
bruces sobre la cama a sollozar tan desconsoladamente, como solo he
llorado después cuando la vida, como Yango el pintor, me ha ido
robando todos mis sueños. Tan desconsolada e inútilmente. Porque
ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se
desvanece… ¡Ay, yo lo sé bien!
CAFÉ
CON LECHE
Max
Aub
(España, 1903-1972)
Empezó
a darle vuelta al café con leche con la cucharita. El líquido
llegaba al borde, llevado por la violenta acción del utensilio de
aluminio. (El vaso era ordinario, el lugar barato, la cucharilla
usada, pastosa de pasado.) Se oía el ruido del metal contra el
vidrio. Ris, ris, ris, ris. Y el café con leche dando vueltas y más
vueltas, con un hoyo en su centro. Maelström. Yo estaba sentado
enfrente. El café estaba lleno. El hombre seguía moviendo y
removiendo, inmóvil, sonriente, mirándome. Algo se me levantaba de
adentro. Le miré de tal manera que se creyó en obligación de
explicarse:
—Todavía no se ha
deshecho el azúcar.
Para probármelo dio
unos golpecitos en el fondo del vaso. Volvió en seguida con
redoblada energía a menear metódicamente el brebaje. Vueltas y más
vueltas, sin descanso, y el ruido de la cuchara en el borde del
cristal. Ras, ras, ras. Seguido, seguido, sin parar, eternamente.
Vuelta y vuelta y vuelta y vuelta. Me miraba sonriendo. Entonces
saqué la pistola y disparé.
GIOCOSO SPELLI
Juan Rodolfo Wilcock
(Argentina, 1919-1978)
El
teólogo y profesor de historia de las religiones Giocoso Spelli es
casi con seguridad un monstruo, o en todo caso tiene algo de
monstruoso. Para empezar camina en cuatro patas, y esto ya es
insólito en un teólogo; es tan ancho que no todas las puertas
admiten su paso, y en un automóvil, si alguna vez consiguiera
introducirse en uno, no sabría de todos modos dónde poner las alas.
Por culpa de los cuernos ningún sombrero le queda bien, y cuando
ruge hace temblar el edificio. Es un verdadero experto en todo lo
referente a los manuscritos del Mar Muerto, y ha escrito dos libros
autorizadísimos sobre la cándida comunidad de Khirbert Qumran. Pero
tiene las patas de atrás demasiado cortas, y cuando camina lleva las
manos enfundadas en dos guantes enormes o, mejor dicho, borceguíes
para manos. Hay quien sostiene que le salen llamas de la boca, pero
esa debe ser una imagen literaria; o quizá alguien ha tomado por
fuego la saliva rojiza que le sale continuamente de las fauces. Lo
cierto es que pesa 375 kilos, y su volumen es adecuado a su peso. Las
alas, entonces, no le sirven de nada, pesa demasiado para volar, y
pueden considerarse un capricho teologal: son rígidas y lustrosas,
rectas hacia arriba como las de un toro alado, pero mucho más
voluminosas. Los cuernos son macizos y ambos apuntan hacia arriba y
hacia adelante, como un baldaquino suspendido sobre los ojos. Fue él
quien aclaró definitivamente la total independencia del cristianismo
con respecto a la religión de los Esenios, como resulta del análisis
de los textos supérstites, y por tanto la absoluta originalidad de
Jesús y de sus teorías. Cuando duerme, su respiración emite un
silbido que se oye hasta en la plaza. Su novia le dijo a una amiga
que en la cama se comporta como la Bestia del Apocalipsis.
[Libro de monstruos, 1978]
DEL VIEJECITO NEGRO DE LOS VELORIOS
Eliseo Diego
(Cuba, 1920-1994)
Es
el viejecito negro de los velorios, el que se sienta a un rincón, el
paraguas enorme entre las piernas, el sombrero hongo sobre el puño
del paraguas, la cara tan compuesta y melancólica que es la imagen
de la oficial tristeza; a quien nadie pregunta con quién ha venido,
porque se supone siempre que es el amigo del otro, y porque armoniza
tan bien con el dolor de la casa aquella su antigua y espléndida
tristeza.
Y si le dan café, lo toma
suspirando pesaroso, como dolido de que el muerto no participe
también del piscolabis. Y si no le dan, se está callado y tranquilo
entre las coronas, hecho un cirio de repuesto.
Y cuando desaguazan la noche de
entre el aire, quedando apenas sus últimos posos, y echan en su
sitio las primeras cenizas del alba, el viejecito se escurre entre
los asistentes, sube, a la puerta, el cuello de su saco, se pierde
luego al cabo de la calle, sepultado bajo los copos cenicientos de la
madrugada.
Y nadie lo recuerda luego, al
viejecito invisible de los velorios.
En todos ha estado, vestido de
distintas trazas, desde el principio del mundo. Y en todos estará,
hasta que le toque velar la tierra calva, muerta de su vejez y de la
enfermedad de sus grandes huesos.
DEJAR DE SER MONO
Augusto Monterroso
(Guatemala, 1921-2003)
El
espíritu de investigación no tiene límites. En los Estados Unidos
y en Europa han descubierto a últimas fechas que existe una especie
de monos hispanoamericanos capaces de expresarse por escrito,
réplicas quizá del mono diligente que a fuerza de teclear una
máquina termina por escribir de nuevo, azarosamente, los sonetos de
Shakespeare. Tal cosa, como es natural, llena estas buenas gentes de
asombro, y no falta quien traduzca nuestros libros, ni, mucho menos,
ociosos que los compren, como antes compraban las cabecitas reducidas
de los jíbaros. Hace más de cuatro siglos que fray Bartolomé de
las Casas pudo convencer a los europeos de que éramos humanos y de
que teníamos un alma porque nos reíamos; ahora quieren convencerse
de lo mismo porque escribimos.
VIETNAM
Wislawa Szymborska
(Polonia, 1923-2012)
Mujer,
¿cómo te llamas? —No sé.
¿Cuándo
naciste, de dónde eres? —No sé.
¿Por
qué cavaste esta madriguera? —No sé.
¿Desde
cuándo te escondes? —No sé.
¿Por
qué me mordiste el dedo cordial? —No sé.
¿Sabes
que no te vamos a hacer nada? —No sé.
¿A
favor de quién estás? —No sé.
Estamos
en guerra, tienes que elegir. —No sé.
¿Existe
todavía tu aldea? —No sé.
¿Estos
son tus hijos? —Sí.
TREN DE LA MAÑANA
Thomas Bernhard
(Austria, 1931-1989)
Sentados
en el tren de la mañana, miramos por la ventanilla precisamente
cuando pasamos por el barranco al que, hace quince años, cayó el
grupo de colegiales con el que íbamos de excursión a la cascada, y
pensamos en que nosotros nos salvamos pero los otros, sin embargo,
están muertos para siempre. La profesora que llevaba a nuestro grupo
a la cascada se ahorcó inmediatamente después de la sentencia de la
Audiencia de Salzburgo, que fue de ocho años de prisión. Cuando el
tren pasa por ese sitio, oímos, con los gritos del grupo, nuestros
propios gritos.
AL ABRIGO
Juan José Saer
(Argentina, 1937-2005)
Un
comerciante de muebles que acababa de comprar un sillón de segunda
mano descubrió que en un hueco del respaldo una de sus antiguas
propietarias había ocultado su diario íntimo. Por alguna razón
-muerte, olvido, fuga precipitada, embargo- el diario había quedado
ahí, y el comerciante, experto en construcción de muebles, lo había
encontrado por casualidad al palpar el respaldo para probar su
solidez. Ese día se quedó hasta tarde en el negocio abarrotado de
camas, sillas, mesas y roperos, leyendo en la trastienda el diario
íntimo a la luz de la lámpara, inclinado sobre el escritorio. El
diario revelaba, día a día, los problemas sentimentales de su
autora y el mueblero, que era un hombre inteligente y discreto,
comprendió enseguida que la mujer había vivido disimulando su
verdadera personalidad y que por un azar inconcebible, él la conocía
mucho mejor que las personas que habían vivido junto a ella y que
aparecían mencionadas en el diario. El mueblero se quedó pensativo.
Durante un buen rato, la idea de que alguien pudiese tener en su
casa, al abrigo del mundo, algo escondido -un diario, o lo que
fuese-, le parecía extraña, casi imposible, hasta que unos minutos
después, en el momento en que se levantaba y empezaba a poner en
orden su escritorio antes de irse para su casa, se percató, no sin
estupor, de que él mismo tenía, en alguna parte, cosas ocultas de
las que el mundo ignoraba la existencia. En su casa, por ejemplo, en
el altillo, en una caja de lata desimulada entre revistas viejas y
trastos inútiles, el mueblero tenía guardado un rollo de billetes,
que iba engrosando de tanto en tanto, y cuya existencia hasta su
mujer y sus hijos desconocían; el mueblero no podía decir de un
modo preciso con qué objeto guardaba esos billetes, pero poco a poco
lo fue ganando la desagradable certidumbre de que su vida entera se
definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del
día, sino por ese rollo de billetes que se carcomía en el desván.
Y que de todos los actos, el fundamental era, sin duda, el de agregar
de vez en cuando un billete al rollo carcomido. Mientras encendía el
letrero luminoso que llenaba de una luz violeta el aire negro por
encima de la vereda, el mueblero fue asaltado por otro recuerdo:
buscando un sacapuntas en la pieza de su hijo mayor, había
encontrado por casualidad una serie de fotografías pornográficas
que su hijo escondía en el cajón de la cómoda. El mueblero las
había vuelto a dejar rápidamente en su lugar, menos por pudor que
por el temor de que su hijo pensase que él tenía la costumbre de
hurgar en sus cosas. Durante la cena, el mueblero se puso a observar
a su mujer: por primera vez después de treinta años le venía a la
cabeza la idea de que también ella debía guardar algo oculto, algo
tan propio y tan profundamente hundido que, aunque ella misma lo
quisiese, ni siquiera la tortura podría hacérselo confesar. El
mueblero sintió una especie de vértigo. No era el miedo banal a ser
traicionado o estafado lo que le hacía dar vueltas en la cabeza como
un vino que sube, sino la certidumbre de que, justo cuando estaba en
el umbral de la vejez, iba tal vez a verse obligado a modificar las
nociones más elementales que constituían su vida. O lo que él
había llamado su vida: porque su vida, su verdadera vida, según su
nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al
abrigo de los acontecimientos, y parecía más inalcanzable que el
arrabal del universo.
NECRÓPOLIS XXI
Vulgarino Picantáñez
(Chile, 1959)
Recuerdo
haber escrito un párrafo sobre el Fin de los Tiempos. No olvido que
le hablaba entonces a un interlocutor presente pero invisible. A mi vera, arropados por la Vida, mis dos hijos dormían. Yo, sin embargo, era
el arrojado que discurría sobre la decadencia social y el
decaimiento personal, en un fragmento que hoy me vuelve a la
memoria, y en el que yo imaginaba que por fin la sociedad había
permitido la eutanasia, para lo cual ella misma había dispuesto en
su periferia inmensos galpones públicos de tradición romana,
transformados con precisión suiza en mataderos colectivos. Alli
íbamos quienes renunciábamos al diario vivir y preferíamos el
sueño eterno otorgado por una inyección letal y estatal gratuita.
Ahora
sé que también hay un método distinto en espera de ser aplicado a
los jóvenes. Estos, a diferencia de nosotros los adultos, se
entregarán voluntariamente a una prisión barrial previamente
concertada. En ésta se le asignará una celda para incomunicados,
con ducha y guater, y un orificio en la puerta de acero para el
deslizamiento del tarro de comida.
Este
sistema será conocido como Confinamiento Celular, pues los
mozalbetes allí recluídos vivirán esposados a su teléfono móvil
hasta morir de la única manera posible: lentamente y de
aburrimiento.
(de
Por si alguien viene, 2019)
[Fuente, con excepción de "Necrópolis XX":
BIBLIOTECA CIUDADSEVA
https://ciudadseva.com/biblioteca/]
*SOBRE ÜBER MANSILLA
Profesor
de Literatura y Filosofía; vive actualmente en Niedersachsen (Baja
Sajonia), Alemania.
Es
co-autor de la monografía "Apuntes sobre la literatura
chilena en el olvido" (Ediciones Peruanas Pacallao, 2014),
con prólogo y epitafio de Vulgarino Picantáñez.
Se
doctoró en la Universidad de Karlsruhe con la tesis "Fenomenología
germana y Esquivología hispanoamericana" (1990), traducida
al alemán como "Antihusserlianische Methode zur Vermeidung
des Piekses" (algo así como "El metódico
arte de sacarle el poto a la jeringa"); obra ampliamente
discutida año tras año en los Coloquios de Essinge, de los que
Mansilla es fundador, junto al colectivo TOBOI o Teatro Boreal de las
Ideas.
En
2022 su tetralogía soliloquial "El trancado", "El
consentido”, "El Mudito" y “El atravesado”,
basada en el Método, fue llevada al radioteatro por la Deustsche
Welle.
Con el aporte de capitales suizos y el patrocinio de la
Verlagshaus de Berlín,
Mansilla está preparando la edición crítica de "El
caballero de Ormuz", obra dramática tardía de Lope
de Vega. Si los ensayos marchan bien, veremos sobre las tablas en el
rol de Cojondongo a Tareq Mansilla, hijo primogénito de nuestor
colaborador.
Finalmente
ha prometido para 2027, año de su septuagésimo aniversario, la
publicación del ensayo "García Márquez en la cabeza de
Fidel Castro. Nuevos asedios al Socialismo Mágico", cuyo
manuscrito ha sido recibido elogiosamente por el editor y filántropo
Witold Gubatz.
Jubilado
desde 2024, Mansilla conduce un über en Karlsruhe para poder llegar
a fin de mes. Comunica por correo interno que la cosa, en el Reich,
se ha puesto mala.