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domingo, 7 de junio de 2026

LA ENFERMEDAD DE CHILE

 

Nota introductoria de Über Mansilla


Daniel Matamala nos deja esta semana su columna más tajante y conduntente sobre Chile; país al que nuestro colaborador Vulgarino Picantáñez bautizó en este blog como “Chanchullo” o “Penumbra”, pues logró identificar su condición ontológica de “Sociedad Picaresca”, en la que su ser aparencial no es sino su mismidad engañosa anclada en el tiempo. Vivimos, escribe Picantáñez, en un país vulnerable que se llenó de “republi-cacos”.

Matamala nos dice que la inercia pícara de Chile aspira a que el país independientemente de quien lo gobierne se parezca siempre a sí mismo, de modo que las secreciones compactas y conformistas de lo mismo que se suceden tras cada nuevo gobierno (que en verdad es el mismo), produzcan la penumbrosa entelequia de la “identidad nacional”.

¿Hubo momentos en la historia de Chile en que el país quiso ser otro? Matamala no se hace esa pregunta, quizás encerrado en su propio escepticismo, tan insoportable como la pesarosa lápida que le ha puesto a la República. Sin embargo, es posible que Chile, entre 1930 y 1970, haya querido despojarse de su mismidad aupado por tres proyectos nacionales ambiciosos, al frente de los cuales estuvo un trío de políticos con auténtica vocacion de Estado: Pedro Aguirre Cerda, Eduardo Frei y Salvador Allende; una conjunción inédita, como se ve, de liberales, cristianos y socialistas.

La ruptura de la democracia y el abandono del concepto de “Estado nacional” trajo consigo El Nuevo Orden; es decir, la restauración, en los hechos, de la Mismidad mediocre, vigente hasta el día de hoy.

En palabras de Matamala, Chile vive bajo un estado patológico de estancamiento, cuyos síntomas, acaso terminales, son la incapacidad para aprender a hacer nuevas cosas, el manejo repetitivo de una economía sin complejidad, tan débil que no puede competir; y finalmente, los enormes vacíos en educación, innovación e inversión.

Vemos con Matamala que el país de la Fronda Farandulesca y del pícaro republi-caco que lo puebla se dedica a reir, cantar y robar, mientras el Chile profundo no se mueve; permanece inmutable, esperando ser sacudido de su modorra, de su apatía acomodaticia.

En 1941, Gabriela Mistral, en un recado dirigido a Joaquín Edwards Bello, aludió a esta indiferencia nacional y dijo de nosotros, los chilenos, que éramos “una tribu de sordos estupendos”; y con anterioridad, en Tala (1938), en el poema "País de la ausencia" evocó una tierra ligera y extraña, que le hizo decir este verso incisivo, abrupto y visionario sobre la condición chilena: “Y en país sin nombre me voy a morir...”

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