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jueves, 4 de junio de 2026

 AUTOFICCIÓN, VENGANZA FAMILIAR Y UN CONSEJO

por Vulgarino Picantáñez
Estocolmo 12.1.26.

Acuñado como concepto en 1977 por el crítico ruso Serge Doubrovsky, la autoficción literaria, el género híbrido más popular desde hace casi medio siglo, consiste en sacar al sol los trapitos sucios de las familias pequeñoburguesas. En Europa sus cultores escriben de padres alcohólicos, de incesto y violencia intrafamiliar, de hermanos drogadictos o discapacitados, de abuelos con pasado nazi, sin que lleguen a faltar entre sus páginas abominables los tíos pedófilos. Ahora bien, por alguna razón que desconozco, Francia parece ser la cuna de la autoficción. Yo me atrevería a decir incluso que hasta tiene un Premio Nobel en la figura de Annie Ernaux.

El morbo posee también una parte postfáctica extraliteraria: el lector espera que en algún momento el autor sea demandado por difamación. Seguir el escándalo por las redes y los medios de comunicación es un apéndice importante sin el cual la lectura de la novela queda incompleta.

He aquí algunos ejemplos excitantes de persecución literaria, tomados de un artículo reciente del diario The Guardian. Veamos:

Primero, asoma el caso de la historiadora francesa Cécile Desprairies, quien fue demandada por difamación por su hermano y un primo por la representación de su difunta madre y su tío abuelo en su novela de 2024 "La Propagandiste."

El resentimiento del autor hacia las personas atacadas impregna toda la obra, concebida como un auténtico acto de venganza familiar”, afirmaron los demandantes. Alegaron la ausencia de pruebas que respaldaran la trama central de la novela, la colaboración de una mujer con los nazis, y solicitaron la retirada del libro del mercado y su eliminación.

En el segundo caso, de 2013, la destacada escritora de autoficción Christine Angot y su editor, Flammarion, fueron condenados a pagar en conjunto 40.000 € en concepto de daños y perjuicios por invasión de la privacidad contra la expareja de su amante en su novela "Les Petits". Otra autora, Camille Laurens, fue demandada por su marido en 2003 por el uso del nombre de su hija en la novela "L'Amour", aunque ella ganó el caso.

En tercer lugar, tenemos al prolífico autor noruego Karl Ove Knausgård, cuya serie de seis volúmenes, «Mi Lucha», tematiza con frecuencia su difícil relación con su padre alcohólico. Knausgård fue amenazado con una demanda por difamación por su tío antes de la publicación del primer volumen.

Por si fuera poco, en 2018 el Teatro Nacional de Bergen fue amenazado con una demanda similar por una adaptación teatral de una novela autoficcional de Vigdis Hjorth, interpuesta por la propia madre de Hjorth.

Estas amenazas nunca se materializaron en acciones judiciales; en el caso de Noruega, las familias retratadas en la autoficción de sus parientes han tendido a encontrar una retribución satisfactoria a través de medios creativos en lugar de vías legales. La ex esposa de Knausgård, Linda Boström Knausgård, ha publicado una novela que parece refutar el relato ficticio de su ex sobre su ruptura, mientras que la hermana de Hjorth, Helga, y un supuesto ex amante, Arild Linneberg, crítico literario, han escrito sus propias "contranovelas".

Desde esta columna, les recomiendo a mis queridos amigos una pequeña gestión de carácter preventivo que yo, por mi parte, asumiré con urgencia mañana mismo: la firma ante notario calificado de un documento en que nuestras parejas y sus eventuales ex; nuestros hijos y nietos, además de nuestros infaltables tíos, se comprometan a no pasarse a las filas de la autoficción por ningún motivo. Y que la tarea de honrar la memoria de los nuestros se le siga encomendando al inocente y risueño álbum familiar, siempre a mano.




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