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sábado, 2 de enero de 2010

EL CUANDO DE CHILE / La mirada de LUIS KONG

Con su plena autorización, firmada ante notario, comparto aquí imágenes y textos de mi amigo, el fotógrafo, poeta profesor y viajero incansable (en estricto orden alfabético) LUIS KONG, quien –de vez en cuando- intenta sorprenderme con sus fotografías y poemas. Aquéllas se gestan por lo general en sus periplos vacacionales por Chile; y éstos, quizás, en la noche, cuando los suyos duermen.
En tanto fotógrafo, podríamos especular con la idea de que el azar dirigido es quien conduce los pasos de KONG, pues éste llega siempre al lugar preciso en el momento justo para capturar el motivo que parecía esperarlo y por medio del cual nos asombra. De él siempre he dicho que es el primer fotógrafo neorrealista de Chile y que si yo fuera comisario del pueblo u operador cultural en el Chile neoliberal de hoy, me esforzaría por reunir su vasta producción fotográfica en una exposición al aire libre en el Parque Ojijins (gracias Juan Ramón Jiménez), justo para el bicentenario de la República. ¿Para qué está el FONDART, si no?

Las fotos que se muestran a continuación fueron tomadas en Santiago y Valparaíso hace más o menos un mes. A su vez, el texto "TEMPLO PAGANO" pertenece a lo más reciente de su producción literaria.














TEMPLO PAGANO
No pudo haber desaparecido todo bajo el fuego abrasador de Alejandría. En vuelo tardío, las alondras dijeron otra cosa: que el templo, que los catálogos originales babilónicos de Hiparco de Nicea, de Apolonio, quedarían impresos para siempre en el pergamino apócrifo reescrito infinitamente por Dios. Ese otro Dios más impuro que su propia sangre y elevado a la categoría infalible de Ley Orgánica, de Matadero Público, de axioma irreductible del Espíritu Santo Inmolado clandestinamente en el patio 29 por los propios babilónicos de turno, por el propio Melquíades, arrastrando el imán aterrador por esta tierra de agónicos pecadores, de eximios exégetas mediáticos entre infinitos mapas conceptuales, decálogos, manuales de resurrección tardía, horrendos laberintos metafísicos creados por la escolástica anónima, los Emprendedores de Cristo, el Sindicato Fúnebre de la Política Contingente, y así, tanto y tan poco que decir y justificar ante el Venerable Cuerpo Vitalicio de la Verdad, porque eso ha sido el mundo desde entonces: un pastiche, un homínido, el Habeas Corpus de la sexualidad reprimida, el obituario espiritual de los jóvenes idealistas de hoy, el locus inútil del intelecto en el que seguimos sin comprender lo más mínimo acerca de nosotros mismos (carne de la muerte), mimos fallidos de una resurrección apenas pasajera, en tránsito hacia no sabemos dónde todavía, al amparo de este dolor que la siquiatría moderna se empeña convencionalmente en señalar con el dedo fatídico de la infancia, pero ya sabemos, ya no mientan más: la infancia viene con los años, la vejez la vivimos anticipadamente con el sabor insustituible de la leche materna, en la cuna tullida de nuestros sueños de niño sin madre, sin oficio alguno para sufrir tan tempranamente el dolor, pero, aun así, tratando de comprender el mundo, de clasificarlo en nomenclaturas místicas interminables de clases, individuos, especies, abominables tablas logarítmicas (que nunca me enseñaron a diferenciar estadísticamente la vida de la muerte), en fin, las definiciones inertes y agónicas del racionalismo cartesiano que aprendí en el silabario hispanoamericano antiguo. ¿Y qué hemos aprendido, desde entonces? Después de Alejandría, ¿quién ha deletreado las sílabas previas al silencio? Nadie, ni siquiera hemos aprendido a olvidar lo que tuvimos que aprender bajo amenaza, excepto que todo es sucio aún bajo el aura de lo innombrado, que todo es, a pesar de nosotros, a pesar del sol que nos abandona en la última tristeza de esa tarde juntos. Comprendimos, de golpe, que lo que habíamos escrito al principio, todo, y cuando digo todo, el alma se queda temblando ante la vaciedad estéril, el ser vuelve a su estado de negación original: la primera palabra de Dios fue su propia negación, el primer movimiento del agua, su apariencia oculta, el último parpadeo del ojo alrededor del sol, la fosforescencia inútil y heliotrópica de la vida. Así, tanta vicisitud, tanta alegoría de la muerte, tanta pudrición intacta y no decir nada, sólo escribirla, como ahora, una y otra vez, como ayer, antes y después del fuego original.

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